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12 a 15 Años

Sobre el mundo sexual en la adolescencia
¿En la primera cita que mi hija adolescente tendrá con el ginecólogo,  podré salir de la duda de si ella es virgen?
Mamá por favor siéntate y aclaremos este tema: virginidad.


En primera instancia no tienes por qué darle tanta importancia al asunto de la virginidad, si has dado suficiente formación a tu hija, ella tomará decisiones inteligentes frente a la sexualidad y la vida.
Ahora, si tu duda es precisamente porque aún no das formación, quiero manifestarte que la mejor manera de iniciarla es dialogando, conversando mucho, mucho con tu hija.
Pero antes de iniciar el diálogo debes evaluar en ti el motivo por el cual das tanta importancia a la virginidad: ¿realmente es importante o sólo continúas una tradición?,  ¿Sólo te preocupa en el caso de la sexualidad de tu hija (mujer) o también aplica para tu hijo (hombre)?.  No estoy pidiendo que cambies de la noche a la mañana, sólo que analices tus argumentos.  El  resultado de este análisis es el que debes expresar a tu hija, no a imponer, ambas lo van a conciliar.

Debes obtener información para compartir con la adolescente  y enseñarle a decidir sobre su primera experiencia sexual, debes inquietarla para que considere: ¿quién será su pareja, por qué decide tener una relación sexual con esta persona, lo conoce tan bien como para identificar que la aprecia y la cuida, es el momento oportuno para ella, sabe protegerse y tener sexo seguro para evitar contagios de enfermedades de transmisión sexual o un embarazo no deseado?, y si resulta que fue una mala experiencia, ¿cómo lo afrontará?

Lo más importante es darle a tu hija, quien fue tu bebé (o hijo, aplica en ambos casos) una gran  fuerza interior  para que tome adecuadas decisiones, ella o él dejará su virginidad cualquier día de su vida, será su decisión.

Recuerda además, la virginidad no es sólo cuestión de HIMEN, tu hija adolescente podrá vivir experiencias sexuales que no necesariamente llegarán a la penetración vaginal (aplica también para el chico adolescente, lo importante es que practiquen técnicas de sexo seguro, en todos los casos).

Es importante enseñar educación sexual a tus hijos antes de la adolescencia para evitar situaciones donde uno de ellos pueda verse forzado(a) o presionado(a)  para tener relaciones sexuales coitales, y también aprenderá a cuidarse de posibles accidentes que puedan causarle daño en sus órganos genitales.

Referente a la cita con el ginecólogo
Si el ginecólogo realiza la exploración vaginal podrá detectar el estado del himen (membrana delgada a la entrada de la vagina), sin embargo, será complejo establecer si una adolescente es virgen o no, pues el himen al igual que los cuerpos femeninos varía.
El examen que hace el ginecólogo será para verificar el estado del aparato reproductor y descartar si hay algún indicio de infección o enfermedad de transmisión sexual.
Precisamente el ginecólogo hará la pregunta directa a tu hija: si ha tenido relaciones sexuales. Y es un asunto que tu hija deberá responder con franqueza.
Mamá si utilizas la cita ginecológica para  enterarte de la vida privada-sexual de tu hija, déjame decirte que  eliges el peor momento y una de las peores estrategias.  Tirarás por la borda la confianza entre ambas y la de tu hija frente al especialista que la atiende.

Si, se han presentado casos donde el médico especialista ha entregado esta información a la  mamá sin el consentimiento de la adolescente, hay mujeres madres muy persuasivas que  han colocado en aprietos a todo un consultorio y obtenido el dato, sin embargo, de estos casos no se logra identificar la ganancia: ¿que ganó la mamá con dicha información?,  ¿alguien ganó algo?

Estas situaciones por lo general han sido una pérdida:
-Lo inmediato que hace la madre es reprochar a su hija o insultarla delante de todas las personas que hay allí, y continúa sus humillaciones en casa.
-Lo subsiguiente es que la hija no volverá a cita alguna con el ginecólogo, descuidando su salud sexual o, si decide hacerse un chequeo irá sin tu compañía aunque necesite ayuda, pierdes su confianza.
- Tu hija cambiará de médico y hablará de su mala experiencia con el anterior dejándole mala reputación.
- La experiencia será una huella imborrable en la vida de tu hija que puede llevarla a momentos depresivos.

Respuesta:

Más que darte una respuesta, voy a entregarte esta  inquietud, analiza:
¿Ganas utilizando este  momento (la cita con el ginecólogo) o, ganas más dialogando y concretando temas con tu hij@ antes de o en la adolescencia?
 
María Isabel Castrillón V
Fuente: http://porunasupervidasexual.com

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El desarrollo de la identidad personal
Todas las personas, en todas las edades de la vida, necesitan un mínimo de autoestima bien entendida. La necesitan para confiar en las propias posibilidades y estar así siempre dispuestas a hacer nuevas y mejores cosas, para evitar posibles estados interiores de inseguridad e inferioridad. Pero hay que estar prevenidos frente a la falsa autoestima, que es egolatría, autocomplacencia, autosatisfacción y permisividad, especialmente cuando nuestros hijos se encuentran en plena adolescencia.

En la etapa adolescente (etapa de los cambios bruscos en el desarrollo físico, de los miedos, de las dudas, de las indecisiones, de los complejos, de la inseguridad), suele aumentar considerablemente la necesidad de autoestima. En algunas investigaciones recientes se ha comprobado que la mayor o menor autoestima influye significativamente en la motivación y en el rendimiento académico de los adolescentes.

Pero una cosa es reconocer que cierto grado de autoestima es conveniente y otra muy diferente considerar que la autoestima lo es todo en la vida o que es lo más importante. Del mismo modo: una cosa es favorecer las condiciones para que la autoestima se desarrolle de un modo natural y otro muy diferente es provocar artificialmente una autoestima que, además, no es real.
En algunos países (sobre todo en Estados Unidos) se ha puesto de moda últimamente la preocupación por la autoestima, hasta el punto de hacer de ella una obsesión. Desde algunas "nuevas" posturas psicológicas que pretenden resucitar las viejas teorías permisivas del psicoanálisis, se está intentando asustar a los padres y profesores con un "mal terrible" que acecha a sus hijos o alumnos: la falta de autoestima. Y para evitar que estos últimos lleguen a ser víctimas de ese mal, se recomienda a sus educadores desarrollar artificialmente y a corto plazo la autoestima de los niños y de los adolescentes con los procedimientos que expongo a continuación.

Todos los procedimientos están orientados al logro de un único objetivo: fortalecer el ego de los educandos para que se sientan bien consigo mismos:

1. Alabar a los hijos o alumnos por sistema, con independencia de su comportamiento. No importa que fracasen en sus estudios a causa de su vagancia; no importa que maltraten a sus padres y hermanos; no importa que derrochen el dinero y que vivan sólo para satisfacer sus gustos y caprichos personales, sin pensar en las necesidades de los demás. Lo único que importa es que se quieran cada vez más a sí mismos.
2. No culpabilizarlos nunca de nada, suceda lo que suceda (para que no pasen por la humillación de sentirse avergonzados).
3. No cuestionar ni criticar nunca lo que dicen o hacen (para que evitar que se enfaden).
4. Rebajar los ideales de vida (para que luego no sufran posibles decepciones).
5. Rebajar la exigencia todo lo que se pueda. Llegar a la tolerancia total o casi total. Todo vale, todo está permitido (para que puedan actuar siempre de acuerdo con el valor supremo: la espontaneidad). Estos padres tan indulgentes con sus hijos suelen ser los mismos que esperan de ellos solamente una cosa: que triunfen en la vida como sea (que tengan un rápido éxito económico conducente al bienestar material y al brillo social). Esperan que triunfen en una sociedad supercompetitiva con la única actitud que se les ha desarrollado: la de quererse a sí mismos. ¿Cabe mayor contradicción?

Lo más práctico para desmitificar una educación reducida a autoestima, y una autoestima reducida, a su vez, a culto del propio "yo", es comprobar cuál es el resultado al que se llega con ese planteamiento. Los hijos acostumbrados a ser alabados de forma incondicional suelen sentirse muy defraudados cuando, al incorporarse a la vida adulta, chocan con la realidad. Esa colisión les descubre, de pronto, que su autoestima está mal fundamentada y que, por ello, no es real.
Este tipo de hijos, en el momento de intentar abrirse camino en la vida profesional y social, tropiezan con dificultades inesperadas, reveladoras de que no son capaces o tan virtuosos como habían supuesto. Por primera vez se encuentran cara a cara con sus limitaciones y sus defectos; por primera vez alguien les dice que se han equivocado en algo o que tienen la culpa de algo que ha salido mal. La primera experiencia de depender de un jefe suele ser para ellos muy dura, pero también muy aleccionadora. Todo ello les permite descubrir que en el pasado se les infundió una autoestima por la vía del engaño.

Después de tantos años de oír que todo lo que hacían era maravilloso, estos hijos no son capaces de aceptar la más pequeña corrección o la más delicada crítica. Después de tanto tiempo de vivir para sí mismos, les resulta muy problemático salir de ese egocentrismo. Ello suele originar importantes alteraciones de la conducta.

Christopher Lasch ha comprobado en uno de sus estudios sociológicos que el choque de la elevada y falsa estima de sí mismo con la dura realidad suele producir crisis de autoestima. Por eso afirma que la actual atención a la autoestima es enfermiza.

La experiencia dice que la autoestima de los hijos o alumnos no se desarrolla por la vía del elogio continuo e injustificado o por la vía de la tolerancia sin límites. Quienes buscan fortalecer el ego por ese camino, lo único que consiguen es debilitarlo y aislarlo. El estar demasiado pendiente del ego de los niños o de los adolescentes favorece que estos últimos se amen a sí mismos de forma inmoderada y excesiva, desentendiéndose así de las necesidades de los demás (ésa es la definición de egoísmo). También se favorece que los hijos lleguen a ser personas desvalidas e inseguras.

La autoestima, como la alegría o la felicidad, no se puede buscar directamente. Y menos todavía por la vía del engaño. La autoestima es una consecuencia. ¿Una consecuencia de qué? De poner ilusión en lo que se hace y en hacerlo cada día mejor; de realizar con amor los propios deberes; de ser servicial con los demás; de ser buen compañero, buen hermano y buen amigo; de portarse bien con todos; de luchar diariamente contra los propios defectos; de empezar cada día; de, como se dice en Andalucía, "ser buena gente". Obsérvese que todo eso supone saber olvidarse de uno mismo.

La mayor y mejor autoestima es la autoestima merecida, la que se basa en logros reales, la que cada uno se gana con su propio esfuerzo. Si los padres y profesores enseñan a sus hijos o alumnos, desde las primeras edades, a esforzarse por ser un poco mejores cada día (desarrollo de virtudes) y por lograr la excelencia en todo (en los estudios, en la vida familiar, en la vida de amistad, etc.) la autoestima vendrá sola.

La verdadera autoestima se alimenta con la satisfacción que produce alcanzar nuevas metas por uno mismo. Es frecuente que cuando un niño o un adolescente obtiene, a base de esfuerzo personal, el resultado que buscaba, exclame con sano orgullo: "¡Lo he conseguido!". En cambio, los hijos sobreprotegidos jamás podrán tener esa experiencia tan gratificante y tan formativa. Cada vez que sus padres les evitan o resuelven una dificultad se sienten un poco más inseguros y desvalidos.

La autoestima se desarrolla, por tanto, formando el carácter, educando la voluntad: hay que desarrollar en los hijos hábitos de esfuerzo, de trabajo bien hecho, de autodominio, de autodisciplina. Hay que favorecer la adquisición de virtudes como la fortaleza, la templanza, la paciencia y la perseverancia. También hay que animarles a que sean más abiertos y serviciales. Está comprobado que una de las mejores terapias de la autoestima es salir de sí mismo y tratar de ver las cosas como las ven los demás.


Gerardo Castillo Ceballos
Profesor del Departamento de Educación de la Universidad de Navarra
Asociación FERT
Fuente: www.solohijos.com

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