
Adolescente hombre y adolescente mujer, afectados por los afectos
A cada uno le toca su propia aflicción, pero el denominador común son los sentimientos a flor de piel. ¿De qué manera se manejan con ellos?
Juana y Pedro asistían a la misma escuela y eran muy buenos amigos. Un día, tuvieron una gran discusión que culminó en muy malos términos. Cada uno regresó a su casa pensando en los momentos compartidos. Él entró sin saludar, se encerró en su cuarto y puso música; esa tarde prefirió aislarse del mundo. Después, fue a jugar al fútbol, pero evitó contarles a sus amigos lo sucedido. Juana, por su parte, también se dirigió a su habitación y lloró por un largo rato. Cuando logró calmarse, les pidió a sus amigas que fueran a visitarla y se quedaron hablando acerca de lo ocurrido durante largas horas.
La figura del adolescente nos remite a pensar en crisis de identidad, confusión, rebeldía y afectividad. Sin embargo, nos olvidamos de que varones y mujeres toman diferentes caminos para atravesar esta etapa. Ellas se sienten más seguras en la forma en la que se vinculan con los hombres, y en cambio ellos se ponen incómodos a la hora de acercárseles.
Ambos se ven afectados por sus propios afectos porque los sentimientos les resultan incontenibles. Les gustaría querer pero no saben cómo. Desean sentirse queridos pero no encuentran a la persona que los quiera. La afectividad vive dentro de los jóvenes agitando sus corazones.
Biológicamente distintos
En la adolescencia, la masculinidad se refleja, en parte, en la fuerza física: se debe ser un buen deportista, defenderse ante la agresión y soportar el dolor. Se piensa que esta fortaleza expresada a nivel biológico debería llevarse también al plano psicológico. El varón cree que debe ser duro, independiente, frío y “desafectivizado” frente la emotividad de las mujeres. Parecería ser que quien se muestra sensible es débil. La negación de los afectos origina en los chicos conflictos sentimentales que no logran ser resueltos y pueden transformarse en agresividad manifiesta.
La mujer, por el contrario, no necesita mostrarse fuerte pues eso no eleva su femineidad, ni la hace ver más atractiva. Esto le permite expresar sus emociones con mayor naturalidad, permitiendo que los problemas se resuelvan, se olviden o se transformen.
¿Quién es débil y quién es fuerte realmente? En este aspecto muchas veces las apariencias engañan y, en la adolescencia, mostrarse débil puede resultar una gran fortaleza.
La aceptación social
Todo joven busca sentirse querido por aquellos que lo rodean. Sin embargo, varones y mujeres son distintos en este aspecto. Ellas son más independientes y su sensibilidad es transitoria y superficial. Los grupos de las chicas suelen ser cambiantes. A pesar de que intentarán ser aceptadas, tendrán mayor flexibilidad a la hora de cambiar de un grupo de amigas a otro.
Por el contrario, al varón le importa mucho el reconocimiento social de su persona y, en consecuencia, se hace valer mucho más de lo que vale. Al llegar a la adolescencia experimenta la necesidad de ser “él mismo” y quiere hacer oír su voz. Enfatiza enérgicamente su personalidad, muchas veces exagerando sus logros y experiencias, al punto de pecar de fanfarrón. Acepta tomar desafíos y arriesgarse a hacer cosas para demostrar quién es y qué es capaz de hacer. Pero, ¿qué sucede en el fondo de su corazón? Su discurso interior suele estar enmascarado por esta figura superpoderosa que crea para impresionar a los demás. El adolescente en su intimidad se siente inseguro, tiene temor a hacer el ridículo y a no ser
aceptado.
Autoestima
Los hombres se miran al espejo y valoran la fuerza, el poder económico, las habilidades deportivas, las calificaciones escolares y el aspecto físico. Las mujeres, en cambio, por lo general, invierten ese orden y crean su propia escala de valores. Ubican la belleza en primer lugar, luego el atractivo físico, la moda y la personalidad. Sin embargo, ambos cometen errores en el modo en que se estiman a sí mismos.
Si bien conviene afirmar al chico en sus capacidades, no es una tarea sencilla porque eso sólo puede lograrlo una persona que, a criterio del adolescente, tenga autoridad para hacerlo. Hay que conocerlo en profundidad para poder descubrir sus rasgos valiosos y auténticos, destacarlos positivamente y ayudarlo a crecer en ellos. Así se contribuirá a solucionar sus problemas y se favorecerá que los demás también crezcan y queden afirmados en sus propios valores.
Por Macarena Ramírez Schirinian | Psicóloga
Fuente: www.sembrarvalores.com.ar
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