¿Tienen los jóvenes tiempo para el dolor? Nos preguntamos de qué modo enfrentan hechos como la muerte de un amigo, y en vez de responder nosotros, los protagonistas comparten sus experiencias.

Inesperada o no, la muerte de un ser querido siempre es motivo de dolor. Aceptar la muerte de un joven resulta quizás todavía más difícil que la de un adulto.

Los jóvenes atraviesan este duelo con las crisis que son naturales y buscan encontrarle un sentido. Ese proceso lleva tiempo y se necesita de la contención de los seres queridos. Es un tema difícil de enfrentar, y pareciera que cuanto menos se hable de la muerte, mejor. Sin embargo, día a día se presenta como una realidad contundente a la que es imposible dejar de mirar. 

Hoy los jóvenes tienen códigos propios, viven de forma más acelerada, ya que han crecido con otros ritmos, pero ellos aman y sufren con una intensidad profunda y muy real.

Desconcierto

La sensación que tuve ante la muerte de mi amigo fue de desconcierto y desesperación.

Uno, naturalmente, está “listo” para perder algún familiar de avanzada edad. La muerte de un amigo te pone en un lugar en el que quizás nunca te imaginaste que ibas a estar y para el cual no estabas preparado. En mi caso, lamenté el tiempo perdido. Si uno supiera que estas cosas van a pasar quizás trataría de pasar más tiempo con él, de ser más expresivo. Creo que el lamento de no haber hecho o no haber dicho se aplica tanto a la muerte de un amigo como a la de cualquier ser querido.

Me ayudaron a superar tanto dolor, principalmente, los amigos y la gente que me quiere y estuvo conmigo. En nuestro caso, fortalecimos mucho la unión entre el grupo de amigos. Pasaron ya tres años y siempre encontramos la excusa para vernos. Los buenos recuerdos y anécdotas, aunque repetitivos, sobran y divierten mucho.

Buscar algo positivo a esta situación suena utópico, pero uno debería disfrutar cada día que pasa con la gente que quiere como si fuera el ultimo. Estamos inmersos en los estándares de vida que te inculca la sociedad: trabajar la mayor cantidad de horas por día, ser exitosos y ganar plata. Bajo estos parámetros es difícil valorar la vida de forma correcta.

La palabra muerte no se me había cruzado por la cabeza hasta que perdí a alguien de forma inesperada. A partir de ahí me empecé a preguntar: “¿Y si me pasa a mí?

Alberto, 27 años

Contención

De todo lo que viví hasta ahora, la muerte de Nachi fue una de las cosas más tristes. Todo resultó muy rápido y tan de golpe que me quedaron miles de cosas por decirle. No me lo esperaba. Al principio no entendía nada de nada, me hacía la típica pregunta: ¿Por qué a él? Después, con el tiempo, fui entendiendo que todo pasa por algo y que eso estaba en el plan de Dios, que hay que aceptarlo. Igual lleva mucho tiempo. Me hace bien recordar los momentos lindos, pero no con melancolía, sino con alegría y sabiendo que él está mejor que nosotros, que está al lado de Dios.

Como dijo un sacerdote, con fe y amor siempre se puede salir adelante. Gracias a la ayuda y a la contención de mi familia, amigas y los que me rodean, pude aceptarlo. En ningún momento me dejaron sola. Siempre me sentí acompañada. Es muy reconfortante sentir cómo responden las personas a lo que te pasa. Cada una, con su modo y tiempo, te demuestra que está con vos y que te acompaña.

Luchi, 20 años

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Me embargó una profunda tristeza y un vacío muy grande, ya que este era un amigo en serio, uno de esos cuyo nombre lo pronunciás bien fuerte y con orgullo. También surgen sentimientos que nos llevan a pensar qué delicada es la vida y qué importante es estar bien con la gente que nos quiere. Por increíble que sea, tu último instante puede ser hasta jugando un simple partido de rugby. Por suerte él se fue en su mejor momento. Y sus amigos y todo CUBA (club en el que jugaba al rugby y en el que murió hace unos meses) lo vamos a tener entre los mejores recuerdos siempre.

Todavía no superé tanto dolor, pero sí hay cosas que me ayudan a estar mejor, como compartir los momentos de tristeza con amigos en común. Acordarme de él con alguna anécdota es positivo. Lo que no me ayuda definitivamente, pero resulta más fácil de hacer, es guardar todo para adentro, hacer mil cosas para no pensar en lo que pasó, ni en tu amigo, al que nunca vas a ver, escuchar, abrazar, mirar a los ojos o reírte… nunca más por el resto de tu vida. Es algo muy fuerte y poco frecuente a esta edad.

A los que estén pasando por la misma situación, les diría que lamentablemente no existe una receta y que es un momento muy difícil de superar. Pero una vez alguien dijo que cuando las alegrías se comparten, se agrandan; y cuando las penas se comparten, se achican. Les aseguro que es así. Es muy bueno hablar del tema con otros para aprender a vivir con el dolor hasta que llegue el día en que a ese espacio vacío le encontremos un sentido.

Joaquín, 22 años

Aprendizaje

Acompañar la enfermedad y la muerte de mi amigo no estaba en mis planes. Compartíamos y disfrutábamos de proyectos en común, además del deporte y los amigos. De un día para otro, sin aviso, todo cambió. En los primeros meses de su enfermedad, todo era esperanza, “va a zafar”, me repetía una y mil veces. Rezaba mucho, aunque no soy muy piadoso. Pero el tiempo me fue presentando a un amigo muy

dolorido. Aprendí de su valentía y de su alegría, que las transmitía aunque ya casi no podía moverse. Admiré su fortaleza, ya que era él quien me consolaba cuando me veía sin palabras. El tiempo me ayudó un poco a calmar mi bronca y mi enojo. Desde ese golpe tan fuerte, aceptar la fragilidad de la vida empezó a estar dentro de mis pensamientos.

Javier, 24 años

Aturdido

Fue un amigo quien aquella madrugada llamó a mi celular. Lloraba o gritaba, no recuerdo, mientras me comunicaba el accidente. Mi mano empezó a temblar y, a pesar de que era una noche fría, estaba sudando. Esa noche yo había decidido no salir.

Repetía una y otra vez la palabra accidente. Aturdido y sin atinar a otra cosa que correr hacia mis padres, dejé que me consolaran. Hoy agradezco haberlos tenido tan cerca.

En mi mente, los momentos que siguieron se confunden. ¿Estaba soñando? No, de a poco la realidad de la pérdida fue imponiéndose a ese llamado telefónico. Abrazos y llantos nos permitían compartir tanto dolor.

Leo, 17 años

Hoy es parte de mi vida

A medida que el cansancio calmaba mi ira, recordé las palabras que me había dicho mi padre en Viña del Mar: “Tendrás un futuro, tendrás una vida”. Mientras sopesaba sus palabras me di cuenta del error que estaba cometiendo. Había pensado que la tragedia era un terrible error, un desvío no previsto en la historia feliz que sería la vida que se me había prometido, pero ahora empezaba a entender que mi penosa experiencia en los Andes no era una interrupción de mi destino real ni una alteración de lo que se suponía que tenía que ser mi vida. Esa era, simplemente, mi vida y el futuro que tenía por delante era el único con el que podía contar. Huir de eso o vivir amargado y furioso no haría más que evitar que viviera una vida genuina... Se me había dado una segunda oportunidad para vivir aunque no era la vida que quería ni la que había previsto, comprendí que mi obligación era vivir esa vida tan plenamente y con tanta esperanza como pudiera. Prometí solemnemente intentarlo.

Milagro en los Andes. “Mis 72 días en la montaña y mi largo camino a casa”. Nando Parrado. Ed Planeta, pág. 251.

Fuente: www.hacerfamilia.com.ar

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