Dejarlos o no, esa es la cuestión
Se acercan las vacaciones y, con ellas, los pedidos de permisos se multiplican. ¿Puedo ir esta noche a lo de menganito? Pero, ¿va a haber alguien mayor? Sí, me parece que el hermano va a estar. ¿Cuántos años tiene? Creo que ya cumplió dieciséis.
¿Por qué frente a una situación de otorgar o negar un permiso nos sentimos en una encrucijada? ¿Por qué, en algunos fines de semana, en lugar de descansar, nos estresamos con las propuestas de salidas de nuestros hijos?
A medida que los chicos crecen, la manera de dar permisos se va adaptando a su madurez.
Mamá, me invitó fulanito a la playa en enero. ¿Puedo ir? ¿Puedo ir al boliche? A todos ya los dejan ir, soy grande, dentro de poco cumplo quince.
Por cierto, algunas iniciativas son muy lógicas; otras, un incuestionable disparate. En esos últimos casos, nuestra respuesta es fácil. Pero el problema se presenta cuando el pedido está en esa delgada línea de frontera: sabemos que lo que nos pide no es
absurdo, pero también nos parece que nuestro hijo no está preparado para ello. ¿O lo estará? Los argumentos con que nos quieren convencer pueden ser acertados, pero sentimos en nuestro corazón una lamparita de alarma que nos hace dudar y a la cual no podemos ignorar.
Tratamos de remontarnos a nuestra época y recordamos qué programas hacíamos, aunque verificamos luego que la comparación no resulta eficaz porque todo ha cambiado. Entonces pensamos en chicos un poco más grandes para llegar a alguna conclusión, pero este argumento también declina frente al hecho de que cada grupo es diferente y cada chico también lo es.
En esta deliberación, nos encontramos muchas veces sin saber qué decisión es la más acertada. Además, a esto se suma que buscan nuestra aprobación cuando el programa ya “está cocinado” y un amigo los está pasando a buscar; por lo tanto, como si fuera poco, se agrega la presión de que tenemos que decidirlo ya.
Sí o no
El tema de los permisos es un tema acerca del cual no se pueden dar recetas, pero sí podemos pensar juntos algunas pautas que nos ayuden a tomar una buena decisión.
El mejor contexto para que expliquemos el NO de un permiso es una relación de confianza con los hijos.
El ideal es que la relación entre padres e hijos esté basada en una confianza mutua, construida desde las dos partes. Si un hijo siente que su padre confía en él, lo más seguro es que no quiera defraudarlo; esa misma confianza le permite crecer en responsabilidad. En cambio, si se siente controlado, es probable que quiera burlar ese control.
Nosotros, padres, iremos “largando soga” a medida que ellos respondan con madurez. Por supuesto, no se trata de largar toda la soga de golpe: es como cuando uno enseña a caminar a un chiquito, lo hace paso a paso. De la misma manera, los chicos aprenden a desplegar su libertad. Por este motivo, los permisos sanos crecerán gradualmente.
En segundo lugar, cobra vigor la confianza que tengamos en nuestra autoridad, que difiere del autoritarismo. Se trata de la autoridad del padre que busca el bien de su hijo, que no lo sobreprotege pero que tampoco lo deja suelto sin más. En esa búsqueda, consideremos si nuestro hijo es capaz de resistir a las presiones de sus amigos para hacer “lo que todos hacen”, si el lugar adonde lo dejamos ir va a estar supervisado por gente responsable, cómo va a ir y cómo va a volver (tratemos de hacer, aunque sea, alguno de los viajes), entre otras cuestiones.
Puede ser que decidamos que su propuesta no es la mejor para él o que realmente no está preparado para ella. Podemos explicárselo. Si no lo entiende, tiene que ser un “No” sin dudas. Aunque el “Sí” genere menos conflictos inmediatos o menos “caras largas”, aprendamos a tolerar el enojo del hijo. Además, solemos demostrar verdadero amor cuando no permitimos algo con motivos.
Si hablamos de autoridad, nos remitimos conjuntamente al padre y a la madre. Cuatro ojos ven más que dos, y mientras uno de los dos puede ver peligros donde no los hay o tiende a sobreproteger al hijo, el otro ayuda a soltar o a frenar según el caso.
Sin dudas, este es un tema que conviene hablar en pareja con anterioridad, para lograr acuerdos y para que no haya discusiones delante de los hijos. Es una manera de evitar
que ellos terminen catalogando a una como “la exagerada de mamá, siempre la misma” o al otro como “mucho más gamba”. Un permiso consensuado entre los padres ratifica a los hijos el cariño de sus mayores y les da tranquilidad.
Respuestas personalizadas
En el discernimiento que exige un permiso, habría que evaluar también la individualidad de cada hijo. Por ejemplo, uno puede ser merecedor de un permiso que sus hermanos mayores, a la misma edad, no obtuvieron. ¿Por qué? Porque cada persona es diferente, hay chicos más responsables y tranquilos que a lo mejor necesitan motivación para salir, y otros más inquietos que necesitan algunos frenos. Los grupos de amigos también difieren: hay grupos más maduros o con padres muy presentes y otros un poco más difíciles con los que hay que estar bien atentos. Por otro lado, las posibilidades de diversión también cambian vertiginosamente, incluso de un año a otro y, con ellas, los parámetros para evaluarlas. Esto exige más información por parte de los padres y, en el caso en que sea posible, generar consensos con otros padres de amigos.
En definitiva, que las salidas de las vacaciones y las de los fines de semana sean un momento de estrés, depende un poco de nosotros. Si estamos más preparados y contamos con herramientas útiles para evaluar cada situación (una mejor información sobre los programas, el consenso con otros padres y con nuestro cónyuge), será cuestión de confiar en nuestra buena voluntad. Busquemos ese punto difícil entre la posibilidad de equivocarnos y la confianza en la educación que dimos a nuestros hijos. De esta manera, un “Sí” o un “No” seguirá siendo un modo de educar, de demostrar cariño, de ayudar a crecer.
Por Clara Naón de Aberastury, Máster en Educación Familiar | www.hacerfamilia.com.ar








