Consejos para la entrada al jardín infantil
Alejarse de casa durante unas horas al día puede ser vivido como un sombrío destierro y es normal que algunos chicos tarden días, semanas o meses en adaptarse. Si bien es verdad que hay otros niños que lo sobrellevan con una entereza espartana, como resignados. Y, por supuesto, también están los que sienten auténtica alegría por ir a la escuela...Para unos y otros, para los padres de todos los niños, especialmente, de los que se resisten, aquí están nuestros consejos.

Elegir bien
Ciertas características (espacio, situación del personal, número de chicos por aula, etc.). están regulados por ley. Pero existen otros detalles igualmente importantes en los que fijarse.
¿Hay luz, colores y muebles adaptados a los niños? ¿Se favorece la expresión y la creatividad mediante disfraces, plasticinas, muñecos, pelotas, bloques de madera o plástico y materiales diversos que permitan jugar y experimentar...o bien se da una importancia excesiva y prematura a los aprendizajes académicos?¿Es  lugar exageradamente pulcro y encerado, del estilo "mírame y no me toques", donde parece que los chicos no pueden moverse para no romper nada...o es de verdad un lugar para jugar y expansionarse? Y aún cumpliendo esto último, ¿se respira higiene o ésta brilla por su ausencia?
¿Se organizan reuniones de padres, se informa a éstos de la evolución de los niños, se los escucha y se aclaran sus dudas? ¿El personal da muestras de sensibilidad en el trato con los chicos o son rígidos y  exigentes? Informarse, visitar el lugar y observar son normas esenciales para una buena elección.

No acumular crisis
En la vida de un niño, igual que en la nuestra, la de los adultos, existen algunos momentos delicados que los ponen a prueba y que, para unos más que para otros, pueden ser difíciles de superar. El ingreso en el jardín infantil por primera vez es uno de esos trances por los que todo chico tiene que pasar.
Otras crisis posibles en la vida de un niño son el nacimiento de un hermanito, un cambio de domicilio, la separación de los padres, la muerte del abuelo...conviene evitar que el comienzo en la escuela coincida con otro de esos acontecimientos. La prudencia aconseja no acumular las crisis en la vida de las personas, y lo mismo vale para los chicos. Tener que superar al mismo tiempo dos o más sucesos que ponen a un ser humano a prueba puede agotar los recursos personales y producir una frustración. En un niño, por ejemplo, una enuresis, una etapa depresiva, problemas de comportamiento...Por eso, es mejor dejar que transcurran unos meses entre alguno de esos acontecimientos difíciles y el ingreso en el jardín.

Preparar al chico

Desde unas semanas antes debemos explicarle lo agradable que resulta el colegio, lo mucho que va a aprender, los juegos que realzará, los amigos que tendrá...También debemos ilusionarlo con la ropa, el material y todas las cosas agradables relacionadas con empezar el colegio. Es bueno leerle cuentos sobre el tema y jugar a los maestros.
Conviene visitar la escuela unos días antes, que vea las aulas, el comedor, pasillos y patios, pruebe los columpios y, de ser posible, conozca a su señorita. a medida que se aproxime el día, asomarán los nervios o el temor, y debemos ayudarlo a superarlos dándole una visión optimista. Nada de "allá no te van a consentir tanto" o "vas a aprender a no ser tan caprichoso".

Saber despedirse
Llegado el gran día, a las puertas del colegio, es frecuente que el chico tenga dificultades para desprenderse de nosotros y quedarse con personas que no conoce. El necesita que le transmitamos seguridad, no que nos dejemos contagiar por su angustia. A veces es nuestra propia dificultad para separarnos de él y para dejarlo en un lugar sobre el que no tenemos control directo lo que capta el pequeño, y esto lo hará sentirse mucho peor. Así que no tenemos que prolongar las despedidas ni ponernos sentimentales en exceso. Nada de "pobrecito" ni de miradas lánguidas y prolongadas, como si se lo estuviese tragando la tierra.
Tampoco se trata de salir corriendo ni de depositarlo allí como si fuese un fardo. Debemos ser sensibles a la crisis que pueda estar pasando, pero entendiendo que es natural y que terminará superándola. Lo tranquilizará vernos en términos amistosos con las docentes y notar que poseen nuestra plena confianza. Si dejamos que la misma persona que lo va a atender lo calme en nuestra presencia, habremos dado un buen primer paso.
Debemos explicar al chico que volveremos a buscarlo y no retrasar nuestra llegada. Si no nos ve entre los demás padres, se sentirá olvidado y sufrirá una aguda angustia.

No sentirse culpable
Hoy en día es comúnmente aceptado que los tres años es una edad más que suficiente para que un niño entre en un jardín infantil. Sin embargo, aún puede haber padres que se cuestionen si su hijo está lo bastante maduro, si no podría haberse quedado en casa algún tiempo más...cuando los adultos tienen muchas dudas y se sienten culpables, pueden transmitir su angustia al chico y dificultar su adaptación a la escuela.
Estos sentimientos de culpa surgen con más facilidad en las madres que no trabajan afuera de la casa, aunque también éstas tienen derecho a recuperar, por unas cuantas horas al día, una parte de su libertad. Además, el trabajo de la madre fuera de la casa no es el único motivo para mandar a un niño al jardín. A esta edad, ya obtiene indudables beneficios de alternar el hogar con un mundo de otros niños iguales a él. Allí, los pequeños hacen valiosos aprendizajes, progresan en su socialización, disponen de personal especializado, de materiales y actividades específicamente concebidas para ellos...Ambos, niño y mamá, salen beneficiados con este importante paso.

No tener celos de la señorita
A veces el chico desarrolla tal cariño y entusiasmo por su maestra que no para de hablar de ella. Algunas madres llegan a sentir celos. Se trata de un error. El amor por la señorita es señal de que el niño está a gusto en la escuela y de que hemos tenido la suerte de dar con la persona adecuada. La madre no se va a ver desplazada en el corazón del pequeño: hay suficiente sitio para las dos. La actitud inteligente no es rivalizar, sino buscar complicidad con esa persona que nos puede dar muy buenos consejos. Lo mejor es tenerla como amiga y asesora. Si nuestro hijo la quiere, pensemos que eso es lo mejor que puede ocurrir.

Tener confianza
Conocimos a una mamá que se quejaba de que su hijo no probaba bocado en el colegio. Pronto descubrimos la razón: en el fondo esta mujer desconfiaba de la aptitud de todos, salvo la suya, para cuidar a su hijo. Los chicos captan estas cosas y eso les complica la vida. Una vez que hemos hecho una elección que creemos adecuada, debemos confiar en los profesionales y encomendarles a nuestros hijos sin reservas

Diálogo frecuente
Es muy importante que intercambiemos información con las personas que cuidan y educan a nuestros hijos. Aunque también debemos tener en cuenta que a partir de los tres años aumenta el número de niños atendidos por cada maestra, así que ya no hay que agobiarla para que cada tarde, sin fallar, nos dé el parte del día, no seamos imprudentes. Pero un contacto frecuente posibilita que educadores y padres lleguemos a acuerdos sobre la educación de nuestro hijo, facilitando la tarea de que está bien cuidado y atendido. Además, podremos conocer cosas sobre él que llegarán a sorprendernos. Nuestro contacto fluido con la escuela ayudará también a que nuestro hijo no se sienta un extraño en ella, facilitando su integración como una continuación  de la familia.
Por último, no olvidemos que la función del jardín no es introducir a los chicos antes de tiempo en la lectura, la escritura y el cálculo. Lo que hacen allí puede favorecer más tarde estos aprendizajes, pero las actividades no son (o no deben ser, aunque a veces se cometa ese error) estrictamente académicas. Lo más importante es estimular los sentidos la acción y la sensibilidad, potenciar su desarrollo emocional y social, favorecer la atención, la creatividad y el lenguaje, y todo ello dentro de un clima de juego y diversión.

Modos de compensar el tiempo que el chico no pasa con nosotros:
• Por la tarde es conveniente, por ejemplo, que lo bañe uno de los padres, ya que se trata de una situación placentera y de tierna intimidad que estrechará nuestro contacto afectivo con él.
• Debemos hablarle mucho, con cualquier pretexto y sin aniñar nuestro lenguaje. La guardería proporciona un buen desarrollo motor, pero estimula menos el lenguaje, puesto que éste se aprende por imitación, y en la escuela se da sobre todo el contacto entre niños, faltando un intercambio individual prolongado con el adulto.
• También debemos pasear con el pequeño los fines de semana. Hay que compensar la cantidad del contacto con la calidad, lo cual no quiere decir que, para desculpabilizarnos, le demos todos los caprichos o lo atosiguemos con una estimulación excesiva. La guardería complementa nuestra tarea, pero no la va a sustituir.

Hay trucos para ayudar al chico si observamos dificultades en los primeros días:
•  Llevarse al colegio su juguete u objeto preferido lo ayudará a establecer un puente entre su casa y la escuela y le hará más fácil quedarse allí. También puede ser aconsejable empezar con pocas horas y aumentarlas progresivamente.
• No conviene permitirle que se quede en casa cada vez que no tenga ganas de ir a la escuela. Una asistencia continuada lo ayudará a adaptarse mejor.
• Si el pequeño llora cada mañana, contribuirá mucho a calmarlo que sea el padre, en lugar de la madre. quien lo lleve por unos días.
• En algunos chicos pueden darse regresiones (mojar la cama, retroceso en el lenguaje, terrores nocturnos, agresividad...). Si persisten, podemos dejarlos en casa unos meses más con un tratamiento a base de mucho cariño. Al crecer, se sentirán más fuertes y podremos intentarlo de nuevo.

Fuente: www.pediatraldia.cl

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