Con la mirada gacha y los deditos entrelazados en un nudo intrincado, nuestro hijo tímido avanza sin mirar a su alrededor. Como un apéndice de mamá, se mueve agazapado tras sus polleras. La vida le ofrece despegar, pero él sigue pidiéndole permiso.

La imagen del niño tímido es la de quien, solo y al margen de lo que sucede, camina cerca de su grupo de juego, pero no se anima a entrar. Oculto en una fría armadura, deja pasar las oportunidades de darse a conocer y mostrar sus preferencias.

Pero, ¿qué es la timidez? En pocas palabras y a grandes rasgos, es la ansiedad o el miedo ante situaciones sociales, que genera un conflicto interior, sobre todo cuando se está delante de extraños o en situaciones nuevas. Tiene sus características propias y nace, sin dudas, de una forma de ser sensible. Creo que todos los padres serían capaces de describir conductas que podrían observar si tienen un hijo tímido, tales como: parece solitario, se queda mudo cuando le hacen alguna pregunta, lo veo muy nervioso y llora con facilidad.

También los maestros del jardín de infantes describen situaciones que nos pueden servir de referencia: no le gusta hablar sobre lo que hace, las novedades en la familia y su entorno más próximo, ni siquiera de sus juegos preferidos. Está constantemente preocupado porque algo le salga mal y se angustia cuando no puede resolver un problema, por muy simple que sea. También coinciden los maestros en que un niño tímido no se expone ni se arriesga, siempre quiere pasar desapercibido.  

Estas simples observaciones, que bien podrían ser un tema de conversación entre una madre y otra en la sala de espera del dentista o en la puerta del jardín, esconden una realidad profunda y muy importante para el futuro del niño. Merece atención y ofrece su desafío.

Salir de uno

Un hijo tímido tiene conductas predecibles (como esconderse y huir de ciertas situaciones nuevas) y muestra ciertas señales con el cuerpo: se sonroja, tartamudea o se queda sin habla, no se anima a seguir con la mirada a quien le habla y, quizás, toma posturas poco naturales o forzadas.

Por timidez no se expone ni se arriesga, siempre quiere pasar desapercibido. Y se pierde gran parte de la vida.

Teresa Artola y Belén Arsuaga hacen una explicación muy clara de la evolución de este asunto en niños, y nos dicen: “Algunos expertos señalan que en niños hasta los 2 ó 3 años, la timidez es considerada como parte de su desarrollo. Lo que más bien ocurre es que hasta los 3 años viven inmersos en la etapa del egocentrismo. Por tanto, aunque están con otros niños, no se relacionan afectivamente con ellos. Es a partir de los 3 años cuando realmente comienza la interacción con los iguales. A partir de esa edad, el desarrollo cognitivo del niño va a permitirle progresivamente tener en cuenta el punto de vista del otro, captar los sentimientos de los demás y sintonizar con ellos, entre otras habilidades que van a ser fundamentales para una buena interacción social”. 

Vamos de la mano  

Los que estamos cerca de un niño tímido podemos ser promotores de ayuda en muchos sentidos y nuestro papel en la superación de esta dificultad cobra una importancia incalculable. Las grandes habilidades pedagógicas y los conocimientos científicos matriculados aprendidos en la escuela de la paternidad, día a día, año tras año, nos habilitan para las “prácticas profesionales” que propongo a continuación: 

En el campo de la actitud. Lo primero que necesita un niño tímido es que se supriman los rótulos que pesan sobre él (¡carga tan pesada como un collar de melones!) y ayudarlo a que no se describa a sí mismo como tímido. También desalentar sus profecías como “nunca voy a poder hacer esto” o “nadie va a querer jugar conmigo”, para romper con esas falsas creencias que, de tanto pensarlas, se hacen eternas e inamovibles. El yuyo del dramatismo debería arrancarse, y sembrarse el brote del optimismo realista que lo llevará a decirse: “Es verdad, esto es muy difícil para mí; pero creo que a nadie le salen las cosas de una, así que lo voy a intentar de todas maneras”. Y la mejor forma de fortalecer este proceso es a través del elogio y del afecto. Esto hará más fuerte su confianza.

En el campo de las capacidades. Podemos enseñarle a nuestro hijo nuevos modos de acercarse a otros niños, por ejemplo, practicando con él frases que le sirvan para entrar al juego o pedir alguna cosa. Es muy bueno ensayar conversaciones y saludos habituales; jugar a “la pelota de la conversación, que va y viene” y darle tiempo para sus respuestas. También sirve practicar llamadas por teléfono, llevarlo a la panadería para que aprenda a pedir el pan y hacer lo mismo en cualquier pequeño negocio del barrio. Intentemos no contestar por él cuando le hacen una pregunta, animémoslo a hacerlo por sí mismo. 

Estos esfuerzos pueden no solucionar del todo el tema de la timidez en nuestro hijo, pero lo ayudarán a ser cada día más confiado y seguro de sí mismo. Será el primer paso para que desarrolle las herramientas sociales básicas para una vida más feliz en la gran familia humana.

Fuente: Teresa Artola y Belén Arsuaga

Por Lucía D. de Stellatelli, Orientadora Familiar | www.hacerfamilia.com.ar

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