Las conductas lúdicas están presentes en los nenes desde que nacen. Sin embargo, alrededor de los dos o tres años, el juego adquiere una dimensión aun más importante, porque se convierte en la vía para canalizar dudas, preocupaciones y curiosidad.
Cuando las mamás juegan con sus chiquitos durante esta etapa del desarrollo, los acompañan mejor en su crecimiento. Por ejemplo, al jugar con títeres o muñecos, una mamá puede darse cuenta, en ese pequeño acto de representación, cómo se siente su hijo, qué le pasa y si algo le genera conflicto o lo angustia.
El juego también es una excelente oportunidad para la transmisión y adquisición de valores y conductas, que de esta manera son adquiridas sin dificultad y sin imposiciones. Al mismo tiempo, estimula el desarrollo intelectual, porque jugando los chicos ensayan, se anticipan, adquieren saberes, se expresan y crean. Así, el niño que juega con su madre está mejor preparado para adquirir los aprendizajes escolares.
El juego puede aparecer en cualquier momento y en cualquier espacio. Se instala en la vida de la familia y, más especialmente en la relación entre la madre y su hijo, sin pedir permiso. Así como durante la niñez facilita notablemente la comunicación entre madre e hijo, esto se proyecta hacia el futuro y les permite entenderse mejor cuando los chicos crecen y son adolescentes.
Cuando jugamos con nuestros hijos rescatamos al niño que somos y nos conectamos mejor con ellos, con nuestras emociones y con nuestros saberes intuitivos. Nos comunicamos de una manera nueva.
Nuestros nenes crecerán mejor si intentamos compartir con ellos cada oportunidad de juego.
Lic. Carolina Escobar | Psicopedagoga | Registro N° 4488/96 | Blocks de dibujo “El Nene”