Si las tres cuartas partes de la tierra están cubiertas de agua una exclamación como “¡no sé nadar!” resulta muy inadecuada.
Los niños anfibios no son una ficción. En las islas de los mares del sur de Africa, no es raro ver como madres indígenas sumergen a sus recién nacidos en los ríos, los que nadan desde sus primeros días sin ningún problema.
Lo mismo —con un método un tanto más civilizado- se realiza en Chile desde hace más de veinte años. La técnica se apoya en el hecho de que las guaguas, durante su período embrionario, se desarrollan en un ambiente acuático. Al nacer, ellas pierden el reflejo de contener naturalmente la respiración. Pero a partir de los 4 meses se les vuelve a producir la apnea o ahogo natural, aprovechando la capacidad que tienen de cerrar su aparato respiratorio.
El aprendizaje debe ser en compañía de un adulto, los progenitores preferentemente, quienes reciben órdenes de un instructor especializado. Padres e hijos deben aprender a conectarse para entenderse. Así por ejemplo, el bebé realizará un movimiento característico para avisar que necesita respirar.
En un comienzo, se les sumerge uno o dos segundos. Paulatinamente llegan a permanecer unos ocho segundos, a la par que realizan movimientos ondulatorios y de pataleo, con los cuales se desplazan unos metros debajo del agua. Al niño no se le enseña a nadar, sino que éste lo realiza instintivamente de acuerdo a modelos que trae consigo. Se les adiestra en determinadas conductas, como saltar a la piscina y colgarse de una barra, del borde o la escalera. Mientras más chicos menos les cuesta aprender, porque un niño que no se sienta, por ejemplo, no tiene sentido del equilibrio ni de la necesidad de un apoyo para sostenerse.
Aparte de la seguridad , nadar es muy beneficioso para la estimulación de los niños: "Sobre todo para su psicomotricidad, para la percepción de sí mismo, del medio en que se encuentra y de los demás. Como el agua los golpea, los excita, y a través de un juego ellos ejercitan toda su musculatura, con sólo un séptimo de su peso", explica María Elian..
Psicológicamente, como en la piscina los niños deben aprender a salir de situaciones fuera de lo común, ellos logran una mayor estabilidad emocional, ya que se hacen más conscientes de sus posibilidades y limitaciones.
Sólo a partir de los seis o siete años el ser humano tiene desarrolladas las sensibilidades y las conexiones neuronales necesarias como para aprender a nadar técnicamente y seguir concentradamente las indicaciones de un instructor. En adelante el niño puede ir progresando en los cuatro estilos —kroll, pecho, espalda y mariposa-, dependiendo de sus habilidades y su nivel de entrenamiento.
Para superar traumas, ataques de asmas y demases
Aunque generalmente el agua es una fuente de gozo para el niño, para algunos es motivo de pánico y aversión. La razón de tal actitud se debe a experiencias traumáticas sufridas; como caídas a la piscina, baños de de tina violentos, porque el niño demuestra a través del agua algún dolor, miedo o carencia profunda que tenga, o simplemente, porque por personalidad es asustadizo.
Ante esta situación, lo peor que se puede hacer es forzarlo. "Hay que respetarle al niño su ritmo y sus temores. Una madre tensa y gritona sólo va a conseguir empeorar las cosas", aconseja María Eliana.
Para que aprenda a nadar, el ideal es llevarlo a un centro donde una persona ajena a él, con mucho conocimiento y manejo de lo que es la psicología de un niño, lentamente lo vaya introduciendo a la piscina. O si no, asesorarse por un experto.
Y no sólo se pueden superar los sustos en el agua, sino que también tratar distintas enfermedades en ella. Para el asma es un excelente terapia ya que la natación mejora considerablemente la ventilación pulmonar. Niños con emiparesias o parálisis, pueden ejercitar sin tanto esfuerzo sus partes del cuerpo más débiles. Y los con Síndrome de Down, mejorar su coordinación y musculatura y aprender —obligadamente- a cerrar la boca para no tragarse toda la piscina... Todo esto, en un ambiente grato y de diversión, sin olor a clínica y doctor.
"Hay que demostrarles que de este modo crecerán sanos, formarán su voluntad y aprenderán a ganar y a perder. Considera que es vital que ellos no perciban que uno se cansa con las responsabilidades que esta implica: llevarlos y traerlos todos los días, el tener que estar como roble junto a ellos en entrenamientos y campeonatos y preocuparse de que no dejen de hacer las tareas". Pero a pesar de los sacrificios, reconoce feliz que la natación los ha unido mucho como familia.
Fuente: www.hacerfamilia.net