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Por qué no comprendemos a nuestros hijos  ¿Qué sucede con vos como padre o madre cuando te das cuenta de que tus hijos ya no son tan chiquitos? Aquí te damos las respuestas de por qué no comprendemos a nuestros hijos
Porque somos celosos ¿Cómo aceptar seriamente ver a tu propio hijo convertirse en un seductor y tener vida sexual? “Cuando decimos que los adolescentes tienen comportamientos extraños,” expone Serge Hefez, psiquiatra y psicoanalista, “hablamos de nosotros mismos, de nuestro miedo a envejecer, de nuestra angustia a la separación de estos futuros adultos. Eso se puede aplicar a todos los ámbitos: los medios, las instituciones, los terapeutas…” Y este miedo se expresa a través de los juicios negativos, de los rechazos violentos de los adolescentes, es lo que Philippe Gutton, psiquiatra, psicoanalista y director de la revista trimestral Adolescente, no duda en llamar la provocación adulta.
Si se añade una demanda excesiva a los adolescentes para que estén en forma, para que se interesen por todo, para que no se pongan furiosos, para que sean competentes en la escuela – en resumen, para que correspondan plenamente con las expectativas de los adultos, sin dejar lugar a la expresión creciente de su individualidad y de su individuación -, el conflicto y la incomprensión aparecen al final del camino.
La irrupción de la “genitalidad” (la sexualidad) dentro del cuerpo y el psiquismo de los niños provoca, en efecto, una profunda modificación en el hogar de los padres. “Nadie puede librarse de este cambio radical en las relaciones, consciente- o inconscientemente”, insiste Serge Gutton, autor de Moi, violent? (¿Yo, violento?).
Toda la ambivalencia de las actitudes adultas se encuentra ahí: en el deseo de conservar al adolescente en su status de niño, donde todo se sitúa inconscientemente en una posición de rivalidad y de odio. Es lo que Serge Hefez simboliza a través de la historia de Blancanieves, víctima de una madrastra que deseaba hacer desaparecer a la joven hija con el fin de conservar su propio status de seductora.
Porque hacen todo por no comprometerse Para los jóvenes, la adolescencia es la etapa de la creación del yo, un yo autónomo, diferente del yo de los padres. Un momento de transformación verdaderamente profundo, un cambio radical que Gutton no duda en compararlo con los procesos de creación artística. La aparición de esta nueva persona en el seno de la familia se parece así a la llegada de un extraño que se impone sin haber sido invitado: “el otro” surge de repente. Pero, ¿adónde ha ido entonces ese niño que uno ha criado y al que nos sentíamos muy cercanos? Es entonces cuando se imponen las conductas chocantes, aparecen nuevos comportamientos en la indumentaria o en el peinado, uno se muestra desagradable, se siente mal, fuma, se ríe de forma burlona continuamente, escucha la música muy alta. Tantas provocaciones para el esperanzador adulto – los hermanos y las hermanas perciben estos cambios con humor o irritación, pero jamás como una cancelación a la cuestión de sí mismos. Aquí también es objeto de investigación el lenguaje. “Incapaz de usar palabras sobre lo que siente, el adolescente tiende a contemporizar, desfigurando el sentido de aquello que emplea”, explica Gutton. “Pero el adulto tiende a la significación literal y léxica de las palabras, que quiere adherir al desorden que él escucha.” Entonces, se instala el “malentendido”.
La paradoja está ahí: los adolescentes hacen pruebas, ensayan, buscan, progresan dando brincos para adelante y para atrás, se transforman al hacerse opacos, misteriosos, buscando referencia en territorios desconocidos para los adultos. Pero, es precisamente a través de esta incomprensión deseada, de esta provocación con la que ellos buscan la prueba de su existencia, de su yo. Pues se trata de obtener una respuesta, una reacción, una resistencia, que permita verificar que el cambio está en camino. Y al encontrar las llaves a la incomprensión que ellos mismos experimentan en su propia persona, por sí mismos, esta transformación se convierte en fuente de interrogantes, de un sentimiento de “extrañeza familiar”, rayando el surrealismo.
Porque ellos se forman con nuestra incomprensión Ya no se trata de que los adultos se acerquen, de que tengan una “comprensión” eterna, fuente de angustia para los adolescentes. ¿Cómo hacer para dar al joven el apoyo del que tiene necesidad, ofreciéndole la posibilidad de los intercambios necesarios en la conquista de la individualidad (pasar de estar en la familia a estar fuera de ella)? ¿Cómo no “dejarlo fuera, ni tenerlo encerrado”? ¿Cómo ofrecerle también flexibilidad para que esta importante transformación de la “pubertad” se lleve a cabo?
No se acaba de dar una respuesta concluyente. Pero los especialistas plantean toda una condición previa: los adultos deben salir de la fusión de no proyectarse en sus adolescentes, de encontrar la distancia apropiada (ni mucha, ni poca) y no sentirse al mismo tiempo la causa – es decir, ser el culpable, pues el origen de estas dos palabras es el mismo – de todas sus dificultades. Éstas son por un lado inevitables y necesarias. Son parte del aprendizaje. Los adolescentes son seres que huyen de los adultos. Es normal y deseable. Y su cambio se produce tan armoniosamente que los adultos rehúsan entrar en el juego pernicioso del etiquetaje, que provoca enseguida el deseo de los jóvenes a contestar con la “provocación”. No es muy seguro, pero vale la pena. Mejor no plantear cuestiones impertinentes, sino mostrarse abierto a la discusión sobre un tema de actualidad, por ejemplo, o sobre la expresión de rebeldía ante la autoridad escolar.
Para Hefez, “los adolescentes atienden a los adultos que les hablan de estas cosas: de política, de sus propios recuerdos de juventud… A partir de este momento, el joven está al corriente de un lenguaje que favorece la relación. Un adolescente que habla de los problemas de la sociedad, de la actualidad, que busca la discusión – incluso si lleva al enfrentamiento – es un adolescente que va por el buen camino”. Porque la adolescencia es también este periodo magnífico de la vida al que todos llegamos por primera vez, el de la mirada nueva al mundo, donde todo es posible, el de la pureza de los sentimientos (de los sentidos que aún no han sido erosionados por los años), el de sensaciones fuertes y también de la soltura. Los adolescentes nos ofrecen una ocasión de recuperar esta parte enterrada de nosotros mismos, de volver a nuestros propios orígenes, sin caer en la envidia y la nostalgia de nuestros años jóvenes. No tengamos más miedo y saldrán engrandecidos. (Christilla Pellè-Douël)
Traducción: Rafael Fernández Louro Fuente: www.psicoencuentro.com
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