La moda de los modos
Sumergidos en la vorágine de la espontaneidad, nuestros hijos tienen poco espacio para pensar en los modos de lo que hacen o dicen. Nos toca mostrarles que las buenas maneras tienen un sentido. Si ellos lo descubren, ¿se animarán a elegirlas?
Ni pienso, ¡tomátelas!, dejá de hinchar… Gran pérdida para una edad en la que “el otro” es muy importante. Si pudieran detenerse por un minuto a pensar qué hay detrás de cada palabra de respeto y de cada gesto de atención, ¿los cambiarían? ¿Cuál es la razón de fondo que justifica que los padres nos esforcemos para educar a nuestros hijos en los buenos modales? No es una manía, no es una cuestión cultural solamente, ni siquiera tiene su fundamento en las tradiciones familiares. Su importancia tiene las raíces hundidas en lo profundo de las virtudes humanas.
“Las formas significan el fondo”, decía el escritor francés André Piettre. En general,
nuestras manifestaciones externas son el reflejo de nuestra interioridad. Aquí aparecen
las virtudes que, sosteniendo la grandeza de nuestro ser interior, dan forma a las conductas y se manifiestan a través de ellas. Tengan la edad que tengan, cada vez que nuestros hijos tratan bien a los demás están eligiendo un modo de ser, y ese gesto lleva escrito un mensaje: “Te respeto porque sos alguien distinto de mí y reconozco tu dignidad”. No nos olvidemos que quien no pone delicadeza en sus modales y costumbres puede ensuciar el manantial de los buenos sentimientos, su corazón. También, a la inversa, ser atento con los demás transforma nuestros modales en constantes muestras de interés y delicadeza. Una cosa llama a la otra.
Reconociendo las diferencias
Las diferencias en el trato surgen de la naturaleza misma del vínculo que se establece entre las personas. Hay una gran diversidad de vínculos posibles y cada uno de ellos exige un modo propio. Es central llegar a comprenderlo para poder vivirlo: padres e hijos, amigos entre sí, profesores y alumnos, etc. Nuestros hijos necesitan aprender a diferenciarlos. En su recorrido por las etapas de la vida van creciendo en madurez y, muchas veces, nos necesitan en ese “darse cuenta”. También ahí está nuestro lugar de padres, como un despertador que les hace titilar la conciencia.
¿Y por qué no da lo mismo? Las razones son muchas, y van desde una cuestión de
reconocer los roles y funciones de cada uno hasta el hecho mismo de respetar la apertura e intimidad, nuestra y de los demás. Para los hijos es un aprendizaje, para los padres es un desafío. En la medida en que sepan y puedan tratar a los demás respetando el tipo de relación que mantienen, podrán sacar lo mejor de ella, convirtiendo a los buenos modales en la alfombra por donde caminan las verdaderas y más genuinas relaciones humanas.
El fondo de la forma
Una condición fundamental cada vez que podamos hablar de este tema con nuestros hijos, será demostrarles una gran autenticidad en los motivos. Logremos trasmitirles que no les pedimos hablar sin insultos ni comer sin parecerse a los hombres de las cavernas por puro formalismo. Tampoco es el placer de mandar lo que motiva a los profesores y autoridades que exigen a los chicos respeto o determinadas normas de disciplina. No es hipocresía. La razón de fondo es que ese estilo de conducta, impregnado de una profunda rectitud de intención, es manifestación de auténtico amor. Cariño y respeto se exigen mutuamente.
Pedir “por favor” es dar al otro la posibilidad de darse en aquello que da, aunque sea algo sencillo.
Es un tema fuera de moda, no cabe duda. La calle, los medios de transporte público y la pantalla de la televisión muchas veces nos lo confirman con el maltrato entre pares, la invasión en la intimidad de los demás, la violación de los códigos básicos de convivencia y la relativización del valor de las cosas.
Por favor, gracias y perdón
Sin embargo, existen ciertas actitudes profundamente humanas, reflejo de nuestro ser persona, que nos dan el mejor motivo para intentar que nuestros hijos aprendan a tratar bien a los demás. Tienen su expresión básica en tres términos: por favor, gracias y perdón. Ellos son el reflejo de unas actitudes fundamentales ante la vida.
Porque aprender a pedir, no de cualquier manera, sino a pedir “por favor”, es dar al otro la posibilidad de entregarse en aquello que nos da. Permitimos que se done con libertad y amor, para enriquecer a quien tiene una necesidad, por más leve que sea.
Dar las “gracias” es, como dice el término, mostrar gratitud hacia el favor o la ayuda que recibimos; es un reconocimiento del otro, de su generosidad y cariño. La gratitud hace que valoremos lo que vivimos, lo que tenemos y lo que somos.
Y tener la capacidad de decir “perdón”, cuando reconocemos los daños que pudimos cometer a las otras personas, nos lleva a descubrir la dignidad de quien se sintió ofendido.
Por eso intentamos reparar. Y a la vez, reconociendo la limitación propia, podremos ser capaces de buscar la ayuda de los demás para caminar acompañados.
Por Lucía D. de Stellatelli, Orientadora Familiar | www.hacerfamilia.com.ar

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