Algunos añoran cuando recoger a los chicos del nido era sencillo para la mente. Adultos jóvenes, generalmente las mamás, digamos en sus veintes, se congregaban en las afueras de la institución preescolar. Un panorama bastante homogéneo, predecible, hasta aburrido. Ya no. Hoy día el asunto puede ser un endiablado sudoku que más vale dejar incógnito.

 

Todas las edades. Pueden ser los abuelos -de regreso, también, masivamente, en las salas de espera de los consultorios-, o los críos luego de una larga espera dedicada al progreso profesional, o una segunda camada concebida tras una generación, o los nuestros después de haber tenido los tuyos y los míos. Además de todos los colores y culturas en este mundo de ejecutivos trashumantes y trabajadores expatriados. 

 

¿A cuál de todas esas posibilidades y otras más corresponden los arreglos familiares visibles? Responder esa pregunta estimula nuestro cerebro como un buen acertijo. Bueno, la familia siempre lo es, aunque sea la nuclear. Y frente a ella las mentes en desarrollo bullen en actividad cognoscitiva. Pero claro, se trata de un rompecabezas de 1000 piezas frente a los de 5000 que nos ofrece la variopinta realidad actual.

 

 

Pero aunque ahora la cosa está más a la vista, por las tecnologías que todo lo registran, las nuevas tendencias demográficas, la flexibilidad y más tolerancia en cuanto a usos y costumbres, los meandros de la familia siempre fueron uno de los enigmas más nutritivos para las neuronas de los menores. 

 

Juan Carlos me dice que con respecto de su abuelo materno las cosas no estaban claras, contrariamente a lo que ocurría con el lado paterno: "En casa del Nono las paredes hablaban y contaban una historia clara con sus retratos y fotografías; en la del primero los silencios susurraban", dice. Y claro, la madre de mi interlocutor había nacido "fuera" del matrimonio, que recién se había formalizado cuando la esposa legal de su padre falleció y feneció el esquema de la familias paralelas, una en el campo y otra en la ciudad. Juan Carlos añade: "Es algo de lo que me enteré poco a poco, lo fui descubriendo en medio de sobrinos de mi edad y ahora mi hijo es tío segundo de algunos de sus compañeros de colegio".

 

Y de mi propia experiencia: rebuscando los cajones de mi abuela -¿Quién no ha sido arqueólogo de escritorios y armarios? -, que se mudó a mi casa cuando falleció mi abuelo, encontré una foto de mi padre, muy elegante él, con pinta inconfundible de novio. Pero a la altura de su brazo doblado, obviamente sosteniendo otro, una tijera había eliminado la presencia de mi madre. Cuando regresó mi abuela, le increpé con indignación la agresión contra mi progenitora. Aunque los arqueólogos de los secretos adultos trabajan clandestinamente, el hallazgo justificaba una confrontación. La Buba, como yo la llamaba, mudó de color varias veces y balbuceó algunas explicaciones poco convincentes. Luego la vi cuchichear apuradamente con mi mamá.

 

¿Mi mamá? Yo había visto, más de una vez, un álbum del matrimonio de mis padres y regresé a él nerviosamente. No, no había duda posible: mi padre vestía un atuendo diferente al que yo había visto en la foto mutilada. Miré a mis hermanos, ambos de pelo y ojos claros, contrariamente al castaño oscuro de mis cabellos y ojos. Una par de horas más tarde me acerqué a mi mamá, y con gravedad histriónica propia de cualquier telenovela le pregunté si podía seguir llamándola con ese título.

 

Sí, sí podía. Mi padre había estado -como había inferido yo- casado antes, pero se había divorciado sin hijos, contrariamente a la historia que se había tejido en la cabeza. No, no me lo habían contado, porque, bueno, por ninguna razón en especial.

 

¿Puede alguien dudar de que la familia, que es por definición un relato encarnado, antes y ahora, sea un campo de ejercicio para la mente de narradores detectivescos y arqueológicos que caracteriza a los humanos? Ni qué decir de futuros psicólogos.